TOMAS MARTINEZ AVALOS
PEDAGOGO.- Nació
en Guayaquil el 15 de marzo de 1.838. Hijo legítimo
de Juan María Martínez Coello nacido
por 1.795, maestro mayor de carpinteros, obrero del
estado llano que logró superarse a base de
su propio esfuerzo, orden en lo económico e
inteligencia, hasta llegar a ser propietario de una
amplia casa ubicada en la calle del Teatro, única
en la ciudad por tener charoladas las paredes interiores
de madera que brillaban como espejos; después
del incendio de 1.838 construyó casi todas
las casas de la calle Real o Panamá, Contratista
del edificio del colegio San Vicente del Guayas en
1.848, de cuyo costo de 32.500 pesos no pudieron pagarle
los últimos 10.000, que se convirtieron en
becas para sus familiares, al año siguiente
se fundó en su casa la Sociedad Filantrópica
del Guayas que presidió; era una persona de
consideración y católico ferviente pues
jamás abandonaba su rosario, enorme y proverbial
entre el vecindario, y de Dolores Avalos, guayaquileños
de Ciudavieja.
Recibió las primeras
letras del distinguido Pedagogo y gran amigo de su
padre, el Maestro Manuel Demetrio San Pedro, quien
fundó en 1.849 la Sociedad Filantrópica
del Guayas.
“En 1.851, a la edad
de doce años, ingresó como alumno del
primer curso de instrucción secundaria del
San Vicente del Guayas, que estrenaba el flamante
edificio” acabado de construir por su padre
y gozó de una beca establecida por el gobierno
para los descendientes de él, pues había
donado el saldo que le adeudaban por tal construcción.
Entre 1.853 y el 55 fue Secretario
de ese plantel, cargo que obtuvo como estímulo
por ser el mejor alumno, con ocho pesos mensuales
de sueldo. El último año “fue
designado profesor alterno de Gramática Castellana
y Matemáticas, dada su indiscutible vocación
a la enseñanza y su permanente deseo de aprender”
y entre otros maestros tuvo al ilustre José
Herboso, quien modeló un carácter para
el magisterio con pláticas instructivas y ejemplos
morales. Cuando cursaba el tercer año de Filosofía
una grave enfermedad lo obligó a suspender
su brillante carrera estudiantil y en 1.858 contrajo
matrimonio con Florinda Mera Escolar. Al ocurrir el
bloqueo de Guayaquil por la armada peruana del almirante
Mariátegui, “formó con otros jóvenes
del comercio el batallón Guayaquil y fue ascendido
desde soldado raso hasta sargento mayor efectivo”.
En 1.860 estuvo entre los defensores de la ciudad
que lucharon en la Casa de las Nieves (frente a la
actual vieja Casona Universitaria), luego se replegaron
a la plaza de San Francisco y finalmente a la de Santo
Domingo, donde terminaron dispersandose. La caída
de la ciudad ante las tropas de García Moreno
y Flores, el 24 de septiembre de 1.860, lo decidió
a dejar la carrera militar.
“Reintegrado a la vida
civil fue cajero de la Casa Comercial de Pedro Martíz
y allí permaneció hasta 1.862”.
Su padre había fallecido un año antes
y entonces se decidió a vivir en Santa Rosa,
de un modesto negocio industrial que instaló
con la pequeña herencia recibida, pero no le
fue económicamente bien.
En 1.868 estuvo nuevamente
en Guayaquil y fue electo Comandante de la compañía
de Bomberos “Avilés”. Poco después
se trasladó a Daule ocupado en actividades
comerciales, encontrando que la escuela pública
no tenía profesor. Los padres de familia le
pidieron que la tomara provisionalmente a cargo para
no interrumpir los estudios de sus hijos y así
lo hizo. Mientras tanto García Moreno dio el
golpe de Estado que destituyó al presidente
Javier Espinosa y se proclamó dictador. Al
conocerse esta noticia en Daule ocurrieron protestas
y disturbios, intervino el ejército, Martínez
fue acusado de conspirador y sometido a prisión.
Sus antiguos jefes interpusieron fianza a su favor
y lo liberaron de la pena del destierro, pero tuvo
que salir de Daule.
En 1.869 tenía 31 años
cuando abrió su establecimiento educacional
en Guayaquil con el nombre de “Escuela Privada
de Niños dirigida por Tomás Martínez”,
en una casa del Malecón y el primer puente,
con los alumnos internos, seminternos y Externos que
pagaban entre cinco y veinticinco pesos al mes, según
fuere con casa, comida y lavado de ropa. El éxito
de su enseñanza estaba garantizado como decía
el siguiente cartel: “Ningún alumno debe
pasar más de un año en una clase y si
al final del quinto curso la enseñanza no estuviere
a satisfacción del interesado, el Director
promete continuarla sin ninguna remuneración,
hasta la mejor actitud que sea capaz el alumno. En
uno y otro caso, el interesado debe probar, con los
recibos correspondientes, que el niño ha asistido
sin interrupción. Esta garantía no es
extensiva a los alumnos de Contabilidad que entren
sin los necesarios conocimientos de Gramática,
Aritmética y Caligrafía, circunstancia
que se hará evidente con un ligero examen”.
Casi enseguida su escuela cobró
prestigio en la ciudad y en el país, por la
novedad de su método de enseñanza, que
concedía prioridad a la parte contable. La
rectitud moral del maestro permitía a las familias
la debida confianza para entregarle sus niños
internados; lo que, unido al cariño y protección
de doña Florinda y sus hijas, hacía
que hasta las madres más nerviosas se sintieran
tranquilas.
Hacia 1.872 adoptó el
Sistema Métrico Decimal que tomó del
texto de su maestro Herboso. En 1.874 ingresó
a la Sociedad Filantrópica del Guayas. Al año
siguiente trasladó su escuela a la esquina
del Malecón y la desembocadura del tercer estero,
donde dispuso de mayor espacio y un amplio patio y
pese a tener casi todo su tiempo ocupado, al punto
que casi no tenía relaciones sociales con nadie,
desde 1.884 y hasta el 90 fue miembro del directorio
de la Filantrópica, ocupando la presidencia
en 1.887.
Comenzaba sus tareas a las
cinco de la mañana y permanecía al frente
de ellas hasta las diez y once de la noche si los
internos exigían su vigilancia hasta esos momentos.
Amaba los ejercicios gimnásticos y los deportes
y aunque el tiempo le quedaba corto hasta para sentarse
a la mesa, cuidaba su físico y su musculatura.
Salía a la calle solo
dos o tres veces al mes y por muy cortos instantes.
Solía enviar recomendaciones por escrito a
los padres de familia y siempre notificaba todo cuanto
fuere digno de ello. Avisoraba los problemas de cada
alma infantil analizando la conducta de sus pupilos,
descubría sus talentos y virtudes y si no los
tenían, trataba de inculcárselos, formando
sus caracteres. Prefería no aplicar medidas
severas ni castigos fuertes aunque tampoco olvidaba
la palmeta ni las orejas de burro y tenía tan
alto concepto del magisterio que aceptando indicaciones
de los padres, rechazaba las recomendaciones; pues,
los maestros, no son dependientes sino delegados de
la autoridad paterna. Y este maestro Victoriano, eficiente
y solemne, que honraba su misión, murió
de 58 años de edad, a consecuencia de un infarto,
el día sábado 24 de marzo de 1.894,
a las tres de la tarde, en circunstancia en que iba
a salir a la calle con su hija Amalia. Su hijo contaba
después que: “Comenzaba a bajar las escaleras
cuando se sintió repentinamente mal. Volvió,
entró a su dormitorio y se sentó fatigosamente
al borde de la cama. Alarmados, lo rodeamos todos.
Se llamó al Dr. Julián Coronel, quien
apresuradamente llegó en pocos minutos. Yo
estaba en la cama, detrás de mi papá,
manteniéndole la espalda reclinada en mi pecho;
su cabeza la sostenía con mis manos. Después
de auscultarlo, el Dr. Coronel me dijo con suavidad:
Acuéstale. Yo alcancé a balbucear: Pero...doctor..Su
mirada denotaba consternación cuando susurró:
¡Acuéstalo, hijo, tu papá ha muerto!”
“Al día siguiente
se efectuaron los funerales, un carro de la compañía
Aspiazu del cuerpo de bomberos, especialmente adecuado
y cubierto materialmente de flores, fue convertido
en carroza fúnebre tirada por sus alumnos y
exalumnos que “confundidos en un solo corazón,
se disputaban el triste honor de turnarse en tan doloroso
deber para con su maestro desaparecido. Los seis tranvías
preparados para el acompañamiento, apenas pudieron
llevar al cementerio católico una cuarta parte
del cortejo fúnebre”.
“De nariz aguileña”,
poblado bigote, mirada más bien vaga y de rostro
duro, boca grande, ojos y pelo negro ensortijado,
rostro trigueño oscuro, innovó los sistemas
educativos y abrió nuevos cauces a la pedagogía
nacional profesionalizando en contabilidad y comercio
a sus egresados, de suerte que pudieran ganarse honradamente
la vida.
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